Simetrías

Adolfo Gilaberte

Me enamoré de ella porque leía Música para camaleones. También porque era mayo, acababa de llegar a Barcelona y su pelo me pareció una torre oscura. La ciudad era un insecto monstruoso que te miraba desde cualquier rincón con sus ojos facetados. Así son las ciudades cuando llegas. Era el nuevo. Y ella leía Música para camaleones en ese banco del parque, la mano debajo de la barbilla. Toda la luz del atardecer a su espalda haciéndose trizas entre los árboles, multiplicada en otras sombras menores, en virutas de polvo dorado. No levantó ni una sola vez la cabeza. Sólo imaginé, reflejadas en sus ojos –camaleones escarlata, por supuesto–, las palabras que iba dejando atrás, absorbiéndolas, extrayendo de cada una el alimento con fruición, la médula. Quise sentarme a leer a su lado, ¿quién no lo hubiera querido?; mi boca diría las frases pares y su boca las impares. O al revés, qué más daba. Eres nuevo, ¿verdad? ¿Huelo a nuevo? ¿Has venido para hacerte mayor? ¿Qué? ¿Harías lo mismo por mí si yo fuera a tu ciudad? Claro que sí, pero el qué. Da igual, ya lo dijo antes y para siempre el poeta loco, ¿pasarías una noche a mí pegado como a un árbol de vida?, ¿lo harías? Me hubiera gustado contestar, pero mi imaginación se detuvo de forma súbita: un filo que rasga la piel. Acababa de cerrar el libro. Fue un golpe suave y blanco. Irreversible. Después se puso en pie, el viento no me dejó verle la cara y, casi en seguida, se alejó con pasos lánguidos, aún llenos de camaleones.

Ahora leo el mismo libro. En Madrid, mi ciudad. En estos días de paredes y techos. Es otro mayo, tan distinto de aquel, de cualquier mayo. He podido leer todos los libros que me recuerdan a alguien. Los que me recuerdan a mis muertos: Últimas tardes con Teresa, herencia del abuelo José; los que me recuerdan a mis vivos ausentes: Mi planta de naranja lima, que me regaló Su meses antes de separarnos; los que me recuerdan a mis amigos de entonces: El evangelio según Jesucristo, cuando cumplí veintinueve; también a mis fantasmas: Un fragmento de vida, que no sé quién demonios me lo regaló ni cómo ha llegado a mi habitación, pero se lo agradezco; y este, claro, que de manera irremediable va cosido a la mujer de Barcelona, de quien me enamoré sin verla nada más verla. ¡Qué tontería! Pero esa luz quebrada a su espalda. Es extraño recordar a alguien que no conociste. Lo sé. Y cuándo mejor que ahora para hacerlo. En estos días extraños. Días de calles verdes, largas e hinchadas como ríos. En estos días de noches concretas como ataúdes. Es ahora o nunca. Pero si he de ser sincero todavía no he empezado. He decidido aplazar su lectura para el momento justo. Cuando ella me descubra sentado en el parque –al final de este túnel–, la mano bajo la barbilla. Y me pregunte si puede leer conmigo. Mi boca las frases pares, diría, y tu boca las impares. O al revés, qué más da: tenemos todo el tiempo del mundo.


Profesor y coordinador de la sede de Escuela de Escritores en Getafe. Autor de la novela Ezequiel (Mármara Ediciones, 2017), finalista en el Festival de Primera Novela de Chambéry, Francia, 2018. Cursó el Máster de Narrativa.

Comentarios

  1. Quines simetries més eloqüents has creat amb Capote, els llibres que foren, els que seran, les oportunitats que hi hagué, les que hi haurà i, per damunt de tot, la bellesa de les paraules a què hom s’aferra quan tenim tot el temps del món o quan ja no ens en queda gaire. Gràcies, Adolfo.

  2. Entiendo este texto descriptivo contar de manera parcial algunas experiencias de su vida en la ciudad de Madrid, pese el relato corto pero conciso en su presentación,. cuando el texto histórico encierra una serie de argumentos mucho más intensos para una mejor explicación de los lectores.

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