Los vagabundos

Alejandro Manrique

¿Cómo están tus vagos, Barcelona?, ¿ya les prestan atención? No me refiero a los burgueses que gustan jugar a la bohemia poética, esos que se han encerrado con sus cigarros y su alcohol y sus videoconferencias ociosas, sino a los mendigos de la plaza de Cataluña, a los pordioseros que deambulan por el Paseo de Colón, a los menesterosos que se arrastran por el Paseo Marítimo. ¿Ya se dieron cuenta de que existen? Los verdaderos necesitados aún respiran.

En Madrid nos hemos olvidado de ellos. Los indigentes pasean desamparados en la Puerta del Sol, en medio de mis entrañas. Mis policías no los ven, ni les piden identificación o multan; Sanidad los ignora; los vecinos les han dado la espalda: si antes los percibían en medio del paisaje variopinto, hoy los detectan con más terror en la mirada. Son pobres que ahora se han vuelto visibles; hacen bulla, se quejan, gritan en medio de la noche como poseídos. Se lamentan de mi silencio, de la desolación que me habita.

Me interesa decirte algo, Barcelona. Tal vez me entiendas. Aquellos que se han vuelto locos de tanta pobreza y miseria, y que ahora se arrastran como espíritus en pena, han desarrollado inmunidad a las enfermedades virales. La Covid-19 es un chiste para ellos. Aunque se ha convertido en una mala broma porque les ha revelado el trasfondo de vivir en sociedad: los parias serán ignorados más aún cuando reine el pánico social.

La verdad sea dicha: lo hago a propósito para buscar reacciones; pero la policía, Sanidad y los vecinos siguen creyendo que no sería bueno aproximárseles, porque los indigentes pueden estar contagiados de ese bicho tóxico. Tocarlos es peligroso; acercarse a ellos, mortal. Verlos a los ojos y preguntarles cómo se sienten, dañino para nuestra propia cordura y amenazador para nuestra supervivencia. ¿Cierto?

«¿Para qué preocuparse por esos enajenados callejeros?», piensan mis ciudadanos. «¡Que se mueran de una vez!», se dicen entre ellos. «Aprovechemos de esta pandemia para deshacernos de esos miserables», se confiesan algunos. ¿Qué dicen los tuyos, Barcelona? ¿Qué piensas tú? No tengas miedo en decírmelo.

Te haré una revelación, Barcelona. Algo que sabemos todos, pero que nadie lo dice. La Tierra está loca, sí. Las personas, dementes e insanas. El planeta es una pandemia habitada por dolidos y esperanzados que, en constante contradicción emocional, pierden el rumbo una y otra vez. ¿Sabes qué creo? Que todos nuestros ciudadanos, los tuyos y los míos, y los del mundo entero, están trastornados de la mente. Tanto, que se encierran dentro de sus propias neurosis, psicosis y esquizofrenia y niegan la realidad.

¡Ah, pero Barcelona! Siempre es necesario un punto de desfogue, echarle la culpa al otro, negar a través de un dedo que, levantado, señala y condena. Los locos son los «otros», los olvidados, los miserables: los indigentes y vagabundos de nuestras ciudades. ¿Ves la contradicción, Barcelona? Curiosamente los desequilibrados de la calle, aquellos necesitados que se mueren de hambre, son los primeros en no contagiarse y en no morir. En tanto más los olvidamos e ignoramos, más fuertes se hacen. Y sus gritos nocturnos se elevan a través de un eco resonante que desgarra los mismísimos cielos y convocan a todos los dioses, míticos e imaginados, para reclamarles por un poco de ayuda. Silencio.

Por eso, mi querida Barcelona, te propongo lo siguiente: abracemos a los vagabundos e indigentes que viven en nosotros. Somos sus padres y madres. Extendámosles las manos. Démosles abrigo, hagamos que nuestros ciudadanos piensen en ellos, los tengan presentes, les den apoyo. Cobijámoslos en nuestro regazo como a un hijo pródigo que retorna al hogar. Sólo así se creará un momento de armonía y todos, planeta, humanos, ciudades, locos hermosos y hermanos en común, volveremos a abrazarnos como uno solo. Porque una sola entidad unida vencerá a un enemigo tan antiguo como la historia, pero que esta vez ha cobrado forma de un virus con nombre propio.

¿Te parece bien, Barcelona? Demos el primer paso. Comencemos por pensar en nuestros vagos e indigentes y, te lo prometo, verás que la vida se convertirá en otra. Y el Covid-19, una excusa para volver a sonreír, una anécdota que contar.


Sociólogo, diplomático y escritor peruano. Ha publicado las novelas La nieve roja de Moscú y El laberinto del Zar con el Grupo Editorial Estación La Cultura, entre otros proyectos narrativos en Internet. Forma parte del consejo editorial de La Rompedora, revista del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores, donde es alumno actualmente.

Comentarios

  1. Bonic, Alejandro, que hagis dedicat el teu escrit als «altres», als oblidats, als miserables, els indigents i rodamons de les nostres ciutats. No evitar-los sinó mirar-los de fit a fit és potser una manera de començar a somriure des de la comprensió que no etiqueta. Gràcies!

  2. Me parece bien reflexionar sobre los marginados. Demos el primer paso: vagos? Estigmatizarlos no ayuda. Cada uno tiene una historia que contar. Por la noche, grupos de amigos de Arrels identifican a los sin techo para ofrecer ayuda. La sociedad civil, en ocasiones, se organiza mejor. Bravo por visualizar el problema.

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