Cuando éramos felices

Cristina Carrasco

Dicen que hubo un tiempo en el que salir a la calle era sentirse libre. Que no hacía falta llevar guantes ni mascarillas ni guardar ninguna distancia de seguridad. Un tiempo en el que los horarios no se restringían, donde no se sabía lo que era un estado de alarma ni un toque de queda más allá de lo que los libros de texto narraban. Cuentan que en los supermercados nunca faltaba el abastecimiento, que en las farmacias te atendían sin mamparas, y que se podía acudir a comprar cualquier cosa sin el riesgo que significa ahora exponerse a los demás.

Dicen que en el transporte público la gente se apelotonaba sin reparos, que todos tocaban las mismas barras, que se hablaban a pocos centímetros, que se rozaban las pieles. ¿Te imaginas? Y que organizaban marchas para mostrar su disconformidad social y promover el cambio. ¡Se hacían manifestaciones!

Dicen, además, que había unas salas con olor a palomitas donde se proyectaban películas que podías ver en compañía de extraños, y que lo mismo pasaba con las obras de teatro. Y que los cantantes, de vez en cuando, se subían a unos escenarios para tocar en vivo al calor de su público mientras miles de corazones latían a la par. También comentan algo de unos locales repletos de jóvenes bailando hasta altas horas de la madrugada, bien pegados unos con otros sin conocerse de nada, como auténticos inconscientes.

Dicen que estaban acostumbrados a pasear en pareja ¡y hasta cogidos de la mano! A sentarse en las terrazas al sol cuando llegaba la primavera, a compartir copas, risas y sueños. Y que lo disfrutaban muchísimo. Reconocen que a veces se venían arriba haciendo planes que luego no cumplían, y se arrepienten de no haber exprimido mejor cada momento. Aunque también hablan de viajes que hicieron más allá de sus fronteras, cuando para moverse por el mundo solo bastaba una mochila, una mirada abierta y un pasaporte en regla.

Dicen que antes podías abrazar a los tuyos sin temores, y que besarse no estaba prohibido. Que cuando un ser querido moría se le despedía dignamente, en familia, con honores, sin prisas. Que se podía llorar en los hombros de alguien más sin que ello comportara un grave peligro. Que el consuelo físico estaba bien visto y que era, de la misma manera, muy necesario.

Dicen que la enseñanza era presencial, que existían colegios y universidades donde el apoyo del grupo era fundamental para seguir adelante. Que los niños jugaban en los parques, que hacían fila esperando su turno para volar en un columpio y que se empujaban divertidos en los toboganes. Que correteaban por las calles de los pueblos en verano y que invitaban a sus amigos a hacer fiestas de pijamas en sus casas, ¡menudo nombre! Pero en su memoria se antojan divertidas, incluso las guerras de almohadas entre hermanos, y las cosquillas, y las luchas, y las peleas y la manera en que se molestaban dándose pellizcos a escondidas. Porque en el contacto no pasaba nada.

Dicen que antes de esto los abuelos colmaban de besos a sus nietos, los consentían, los achuchaban, los protegían, y no se enfermaban por eso. Y que las familias se reunían alrededor de una mesa para celebrar, y reír, y debatir, y perdonar. Que cualquier excusa era buena para juntarse, para quererse, para sentirse cerca sin necesidad de apretar el botón de videollamada.

Asumen con tremenda nostalgia que estaban tan seguros de su férrea pertenencia, de la magia de lo establecido, de todo lo que siempre habían conocido, de la verdad, de lo tangible, de la rutina de las pequeñas cosas que los sujetaban a la realidad, de la amistad indiscutible, del contacto social, del amor sin condiciones, de un abrazo oportuno, de la inquebrantable libertad… Que sin percatarse habían dejado de valorar la vida en su sencillez incapaces de sospechar que llegaría un día en el que ya nada de eso existiría fuera de su recuerdo. Y cuando ese día llegó y la vida rugió viniéndose el mundo abajo, entendieron que en aquellos tiempos pasados la felicidad les había estado acariciando, sin darse cuenta, las manos.

Y fue entonces cuando lloraron.


Cristina Carrasco (Barcelona, 1986) estudió Periodismo y Comunicación Empresarial en la Universitat Autònoma de Barcelona. Apasionada de las letras, es autora del blog Cafetera y Manta, y actualmente estudiante de técnicas narrativas (Itinerario para narradores) en l'Escola d’Escriptura del Ateneu Barcelonès.

Comentarios

  1. Cristina, cuando publicaste en tu blog el 26 de marzo «Cuando éramos felices», este relato de “ficción”, apenas doce días después de iniciado el confinamiento por la pandemia, me impresionó y me encantó al mismo tiempo. Te dije, que estaba muy bien escrito y era tan creíble que parecía una distopía real, pero que menos mal que aquello no era cierto. Y me despedía de ti diciendo, medio en broma, medio en serio: “Bueno, tengo que dejarte porque en una hora sale mi lanzadera a Marte”. Y es que la Tierra había dejado de ser la misma. Algo serio estaba pasando.

  2. Recomiendo, de esta misma autora, su publicación del pasado 23 de abril: “Yo no quiero volver a la normalidad”; también sobre el confinamiento. Una reflexión complementaria, imprescindible, con otra mirada, un mes después del relato anterior, sobre las expectativas de nuestra incierta vida futura después del confinamiento, sobre la previsión de volver a la “normalidad” … ¿Por qué Cristina Carrasco no quiere volver a la “normalidad” después de mes y medio de un agobiante confinamiento? -me pregunté-. ¡Qué compañera más rara tengo en el curso de Narrativa! No puede ser -me dije. Y no tuve más remedio que leerlo. Para bien. Y me quedé más tranquilo… tenía algo de sentido.
    Oiremos en el futuro hablar de esta joven escritora, vale la pena recordar su nombre.

    http://cafeteraymanta.com/2020/04/23/yo-no-quiero-volver-a-la-normalidad/

  3. Cristina, amé tu texto. ¡Qué tiempos aquellos en los que éramos felices y no lo sabíamos! Sé que sonaré un poco pesimista, pero siento que estamos a años luz de aquella «normalidad» que jamás apreciamos como debió ser. Me aflige el hecho de no saber hasta cuándo tendremos que ir por la vida con cierta paranoia de no ser contagiados y contagiar a nuestros seres queridos. Lo que sí sé es que sentí cierta nostalgia al leer este relato. ¡Te felicito! Lograste plasmar perfectamente con palabras muy atinadas y con una redacción impecable lo que he sentido todo este tiempo. 🙂

  4. Cristina, amé tu texto. ¡Qué tiempos aquellos en los que éramos felices y no lo sabíamos! Sé que sonaré un poco pesimista, pero siento que estamos a años luz de aquella «normalidad» que jamás apreciamos como debió ser. Me aflige el hecho de no saber hasta cuándo tendremos que ir por la vida con cierta paranoia de no ser contagiados y contagiar a nuestros seres queridos. Lo que sí sé es que sentí cierta nostalgia al leer este relato. ¡Te felicito! Lograste plasmar perfectamente con palabras muy atinadas y con una redacción impecable lo que he sentido todo este tiempo. 🙂

  5. Qué nostalgia tan profunda ha inundado mi interior al leer estas letras en las que tan bien plasmas estos nuevos sentimientos que nos están abordando estos días.

  6. La felicitat és allò que tenim just al costat mentre l’estem buscant. Beneïda aquella edat d’or en què tot era possible. Tant de bo torni aviat. Gràcies pel teu text, Cristina. Fa mal llegir tantes pèrdues posades així, una al costat de l’altra. De vegades no ser del tot conscient és una sort. El teu escrit, però, ens situa davant una realitat que no permet gaires alegries ni gaires esperances. Que es capgiri tot d’una, si us plau!

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