Almendrales, línea 3

Daniel Montoya

Al comienzo solo nos atravesaban ambulancias en dirección al Hospital 12 de octubre. La avenida que le conecta con la Almendra está atravesada por nosotros y por la glorieta de Cádiz. El hospital se llama así por el Día de la Hispanidad, y está en un barrio donde la gente lo llama Día de la Raza. Los doce de octubre solía caminar de regreso a casa desde mi trabajo en la Almendra. Cuando lo hago suelo tardar unos cincuenta minutos y nos compro una barra de pan para la cena. Mientras la ciudad se celebraba yo me dejaba las migas de pan en los patos y los pájaros del Manzanares. Les lanzaba el codito desde el puente con la idea de que ese mordisco de pan era su favorito. Solían ser los días antes de su migración.

Tras el puente que atraviesa el río Manzanares, entre las glorietas de Cádiz y la de Legazpi, el poema que reemplaza el paso de acera reza: «Digo España y qué bien suena esa palabra. No la arrojo contra nadie». Está en la esquina de nuestra casa, al salir del portal, en el semáforo de la derecha: la entrada al barrio de migración latina. Una especie de aviso para entrar de Usera a la Almendra, porque de la Almendra a Usera se lee al revés.

En nuestro edificio casi todos son españoles, excepto tal vez nosotros y una señora dominicana que reparte cantaleta a los niños todas las tardes. No es que grite más ahora, es que el silencio le da plataforma. El edificio se construyó como vivienda de integración en los ochenta. El barrio era bastante complicado, pero la estación de metro, el centro comercial y el parque Madrid Río le dieron otra cara. Eso dice la gente. El martes pasado, el vecino del 3A compró un altoparlante que le trajeron unos señores de Correos. Había visto videos de personas que ponen música en algunos lugares de la ciudad, y otras ya hartas de escuchar la misma canción todos los días a las ocho, pero por aquí de eso nada. Por aquí silencio y cantaleta. El miércoles a la tarde el vecino estrenó su aparato con esa canción. El segundo día ya no. La dominicana le gritó que qué era esa vaina, que si esto era un funeral, que por qué no Tusa. Ese día nosotros salimos a aplaudir. Cada tarde un vecino escoge una canción, así nos acordamos también en qué día vamos. Nosotros pedimos una de Niche: «del puente para allá Juanchito / del puente para acá está Cali».

A veces escogemos en turnos seguidos porque Consuelo nos deja escoger por ella. Vive frente a nosotros en el 4B con su perro Golfo. «Se llama así porque es faldero», cuenta cada vez que lo llama. Ella no se fija en los pasos de acera, pero hay mensajes que le causan desconfianza. Teme que en el mundo se propague una enfermedad nomás que por acabar con los pensionistas. Sin embargo, todos los días sale a pasear con Golfo, consciente de que alguien o algo se la está intentado cargar en el aire. A veces pasean por horas y cuando se les acerca un policía lo trata de «hijo». Consuelo tiene setenta y ocho años, no toma ninguna pastilla, solo un zumo de naranja en las mañanas y dos cafés con leche a lo largo del día. Para tener vitaminas, dice. Tras el primer aguacero de primavera estuvo más de dos horas en la calle. Cuando regresó nos tocó a la puerta y en una bolsa de plástico delgada y transparente, con la forma de un hígado, nos mostró los caracoles que recogió al borde del Manzanares. «Para una salsita, cachondos, que al final igual me mata el aburrimiento», dijo y se guardó con Golfo.

A medida que nos hemos ido dejando la primavera han ido regresando los patos al barrio. Esta tarde fui a la farmacia por antihistamínicos y nos compré una barrita de pan para la cena. Bajé por la avenida del hospital hasta llegar a nuestro edificio. Luego, sobre la medianoche, salimos a caminar hasta el puente. Me gusta pensar que despertamos a los patos con los bocados que les lanzábamos.


Politólogo y periodista, autor del poemario Mandarino. Coeditor de Sobre las macetas, antología de poetas nacidos después de los 80 en Colombia (Amargord). Es profesor del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores.

Comentarios

  1. M’ha agradat, Daniel, aquesta mirada al barri, la música colombiana del text, la barra de pa, els ànecs, i sobretot el retrat de Consuelo. Salut!

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