Madrid vernal

David Cañadas

Siempre he sido un hombre de otoños. De hojas amarillas, jerséis de lana y manos en los bolsillos. De cafés calientes y anocheceres apresurados. Renegaba de la primavera, de su pompa y boato, de su presagio de luminosidad ostentosa y terrazas abarrotadas. Hasta que vi tu primavera, Madrid.

Hacía varios meses que vivía en la calle de La Palma. Con veintidós años y necesitado de un cambio de aires, me habías acogido para cursar mi quinto año de Medicina. Una mañana de abril salí a pasearte cabizbajo, sin rumbo fijo. Era Sant Jordi y ese día eché de menos Barcelona. Eché de menos sus libros, sus rosas y esa mirada locuaz de los barcelonautas cuando, una vez al año, nos miramos sin tapujos y sonreímos a completos desconocidos, como en las raras ocasiones en que la nieve nos visita. Embriagados por la nieve, las rosas o los libros, nos sentimos moradores de una ciudad privilegiada. Así deambulaba ese día, sumido en la añoranza, deseoso de recorrer otras calles, cuando llegué a la Glorieta de Bilbao. Alcé los ojos, no sé por qué, tampoco importa, y entonces vi tu cielo, Madrid. Tu cielo azul de primavera. Tu cielo de luz blanca y viento recio. Tu cielo amplio, ubicuo, abierto. Y sonreí. Y ahí, por primera vez, me sentí un poquito tuyo.

Han pasado casi veinte años y siempre que lo necesito me escapo a verte. Para cualquiera que te visite dispones de cientos de encantos retrecheros que me veo incapaz de trasuntar, pero para mí recorrerte es regresar a una ciudad emocional. Volver a ti es arribar a un solaz infalible, a un bálsamo para el cuerpo herido. Y ahora, que lo necesito más que nunca, no puedo ir a verte, Madrid. El aire se ha vuelto mefítico y los abrazos una soga emponzoñada. En casa, al volver de trabajar, hago poco, hablo menos y mi marido, nacido en tu castizo Paseo de la Chopera, me observa preocupado e impotente. Me parapeto bajo una manta y rehúyo los aplausos vespertinos. La acedía me inunda. Y es entonces cuando, aunque sea en la distancia, como las reuniones y los brindis estos días, acudes al rescate.

Cierro los ojos y te recorro de nuevo, Madrid. Mi primer día en la nueva facultad, cuando una compañera me llevó a comer con sus amigos al que sería mi barrio, Malasaña. Los encuentros con mi padre en el Café Comercial cuando estaba de paso por trabajo. La libertad experimentada como nunca en el Chueca primisecular. El último amanecer antes de regresar a Barcelona, desayunando porras en San Bernardo. Sonreírme cada vez que oigo “y yo la dije” o “tronca”. La semana que pasé en tu seno lamiéndome las heridas tras perder trabajo y novio. La peregrinación a El Boalo para ofrecer una rosa a la tumba de Carmen Martín Gaite. El gracejo de los camareros del Café Pavón y el ingenio en los nombres de tus locales. El asombro de mi madre cuando, con ochenta años, te visitó por primera vez y le sorprendió que por tus calles paseasen menos perros que en Barcelona; será que eres más de gatos. La incomparable tortilla de patatas de Lola, la abuela paterna de mi marido. Mi última visita, hace solo tres meses, para enterrar precisamente a la abuela Lola, al son de “Muñequita linda”, en el vasto cementerio de La Almudena. Una estancia triste, cargada de pesares, pero de la que me quedo con una imagen luminosa, un recuerdo a contraluz al que recurro estos días: Mario, uno de los primos de mi marido, tocando la guitarra mientras el sol se ponía en la sierra y todos le escuchábamos, arropados por sus acordes y nuestros pensamientos.

Sé que volveré a verte, Madrid. No tengo claro ni cómo ni cuándo, pero ahí estarás. Volveré a pasearte. Volveré a disfrutar de un vino y un libro en Tipos Infames. Volveré a contemplar tus azoteas desde el Círculo de Bellas Artes. Volveré a ver lo que es canela fina y armar la tremolina. Volveré a alzar los ojos al cielo en la Glorieta de Bilbao un día de primavera y pensaré: “Aquí también estoy en casa”.


David Cañadas Bustos (Barcelona, 1978) és metge i traductor. Ha traduït, entre d’altres, a Thomas Pynchon (A contrallum, Ara Llibres, 2010) o Jhumpa Lahiri (La fondalada, Ara Llibres, 2014). Està cursant el darrer any de l’itinerari de Conte de l’Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès i ha publicat el conte El marido doble a l’antologia Iceberg 2020 (Vol. 4 – 2017/2019) de l’Escola.

Comentarios

  1. Un text molt emotiu, de gran bellesa, d’un lirisme corprenedor. Un homenatge a Madrid des de les vivències pròpies, amb una riquesa lèxica admirable. Enhorabona, David! M’ha encantat.

  2. Muy bonito relato. Hermoso ¿Relato? Es más profundo, son páginas de una especie de diario íntimo. Muy emotivo y muy bien escrito. Son páginas que a los que amamos nuestras dos ciudades nos ponen un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos. Moltes gràcies, David, per compartir aquestes vivències.

  3. Que lindo David. Me hiciste añorar Madrid.

    La Gran vía que tantas noches recorrí perdido buscando alivio, el ruido de la ciudad, mis tardes en le retiro y dos bodas cerca a la plaza de la paja.

    Me has hecho vivir de nuevo lo días más vívidos de mi instagram y los amores más intensos de mis relatos.

    Enhorabuena David. Muy bueno!

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