Estimada Barcelona:

He estado cuarenta y tantos años contigo. Más de cuatro décadas de felicidad. Nada de celos ahora. Nos debemos una explicación, nada más.

No es algo personal; no hay paralelismos entre la mujer y la amante ni nada de eso. No seamos atávicos. Sabes que siempre te adoré, pero también necesitaba echarte de menos.

Hablemos de ella. Podemos hacerlo. De lejos, tú lo sabes, Madrid me parecía una mezcla de frivolidad y brío. También estaba allí la aventura, las fiestas de la Feria del Libro, sus bares, todo aquello. Un parque temático del divertimento para los que veníamos de la recatada Barcelona. Ella era joven y tú, una señorona madura y algo emperifollada.

Al llegar aquí pensé que todo iba a seguir siendo así, o parecido. Una de las primeras tardes que salí por Madrid quedé con un amigo escritor en un bar de Lavapiés, el Barbieri. Quedamos a tomar un café y acabamos de madrugada, en una terraza heladora, junto a otras veinte personas que se habían unido a la juerga. Pero la ciudad no era sólo eso. Me cuesta todavía poneros en comparación, como si te debiera un respeto reverencial, a ti, a la ciudad de la que estuve enamorado desde que tuve uso de razón, uno de los grandes amores de mi vida.

Pero no es incompatible un amor con otro. Con el pasar de los meses, fui descubriendo algunas cosas de Madrid que aparecen escondidas cuando sólo la transitas ocasionalmente. También había que romper algún estigma, tan absurdo como cualquier otro.

Descubrí que Madrid no era llana. No tiene colinas y montañas como tienes tú, pero tampoco es la mesa de billar que te imaginas al llegar. La ciudad traza una larga pendiente que va del Manzanares a donde acaba la Castellana, si es que acaba en algún sitio. Entre los barrios del Norte y del Sur hay más de doscientos metros de desnivel. Es mucho, se diría que cambia el clima —también posiblemente cambia el dinero— pero se pasa de los tejados planos de la Mancha a la pizarra y los cerramientos de montaña, como si desde allí ya notaras el aliento frío de la Sierra.

Ah, la Sierra, uno de los grandes mitos de Madrid. Si dices que en la ciudad no hay montañas, de inmediato te contestan que tienen la Sierra. La Sierra es el fantasma silencioso de Madrid. Me gusta pensar que no existe. He visto de lejos su perfil, como el que mira el Teide desde otra isla, pero todavía no he estado allí. Podría ser un espejismo o un croma perfectamente situado. Hundida en mitad de esa sierra fantasmal está La Granja, otro lugar mítico pero lejano. He visto fotos de ese palacio pero me parece más romántico pensar que tampoco existe.

Otra de las características que pronto me llamó la atención fue el nombre de las cosas. Eran nombres sencillos, como los que podrían tener cualquier pueblo de los alrededores. Allí sabes que no es así. Los nombres de tus calles deben ocultar un símbolo, esconder la grandeza de siglos de algo: de una conquista, de un territorio altisonante o de un prócer patrio. Aquí todo es más sencillo. Muchas estaciones tienen nombres rurales como La Peseta, Valdecarros, Pan Bendito o Vinateros. Otros nombres parecen surgidos de una ocurrencia o una broma grosera entre amigos como Bambú, Mar de Cristal o Empalme. Los nombres no tienen la grave trascendencia que tienen allí y esa banalidad se agradece.

Hay otras circunstancias que también llamaron mi atención. La gente corre para coger el metro y en las paradas de autobús hay desconocidos que hablan contigo. También hay grupos de murcianos, gallegos, asturianos, catalanes, andaluces y vascos que se reúnen a menudo. Tienen sus bares —como la Barcelona que conocimos de niños—, con sus costumbres y su ambiente importado. Madrid no exige una identidad y eso le sienta bien. Esto es lo terrenal, pero también está el cielo. En Barcelona vives de cara al mar y de espaldas al cielo. Aquí no puedes huir de él: te aborda en cualquier esquina. Es un cielo luminoso, los atardeceres son incendios; las nubes se abren como si estuvieran sangrando y las cruzan bandadas de pájaros surgidas del jardín del Edén. Hay mucho de campo en este cielo.

También, como cuando estaba contigo, he ido creando mis lugares fetiche. Había alguno que me esperaba: los museos son magníficos y están hechos para que los visites tú y no los turistas. No es un reproche: sabes que es así. Pero quería hablarte de los lugares que me sorprendieron y sólo te señalaré tres: el Campo del Moro, San Antonio de la Florida y El Capricho. Los tres me enseñaron que con lo que te fascina también puedes establecer una relación íntima.

No creas que no te echo de menos. Allí tenía mi vida, mis amigos y todos los lugares a los que estaba apegado. Te añoro, pero estar lejos de ti me está sentando bien. A veces fantaseo con crear una ciudad única donde puedan juntarse todas las cosas que aprecio. La biblioteca del Ateneu —la más hermosa y silenciosa del mundo— con los paseos por El Retiro. Que en las noches de juerga fuera posible pasar de los bares de Gràcia o Santa Coloma a los de Malasaña. Que pudiera alternar mis noches silenciosas de Vallvidrera con las de Embajadores. Esa sería mi ciudad ideal.

Pronto llegará el calor a Madrid. Un calor que no conocía y que funde el alquitrán en las calles. Tú te desharás en sudores.

Esta no es una carta de despecho, todo lo contrario. Te quiero. Quizá más todavía, pero es necesario compartir el amor y creo que aquí ya hay un poquito de mí.


Es escritor. Profesor de Escuela de Escritores y de la Escola d’Escriptura del Ateneu Barcelonès. Ha publicado tres novelas y tres libros de cuentos. En 2010 fue finalista del Premio Nacional de Narrativa.

Comentarios

  1. Muchas gracias por la iniciativa. ¿Por qué se han dejado de traducir los textos? Si es una iniciativa para acercar las dos ciudades sería producente y hermoso seguir la senda de los primeros cuentos, y ofrecerlos en ambos idiomas.
    Un abrazo, salud y gracias.

    • Gracias por tu comentario, Nico. Solo hemos traducido los dos primeros textos, para dar a conocer la iniciativa. A partir de ahí cada uno de los autores ha elegido en qué lengua prefería escribirlos, y esa es la que hemos mantenido.

  2. Hola Fernando! Me ha encantado tu relato de mi ciudad. Tengo la sensación de que le has extraído su esencia. Gracias!

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