Svetislav en Barcelona

Ignacio Ferrando

Barcelona,

hay un escritor serbio llamado Svetislav Basara al que muchos consideran un bufón, o un ácrata, o algo todavía peor, un tipo que organiza viajes a destinos a los que nunca ha ido, ni piensa ir. Una mañana aparece en Mongolia sin moverse de su Bajina Basta natal, se le ve atravesando paredes en Tokio, borracho, con sotana y convertido en pope ortodoxo. Hoy he comprado uno de sus billetes para estar contigo, en este punto inexacto del Rabal, convertido, como él, en un abúlico poeta obsesionado por la vibración del presente. Si estando contigo saco a colación a este serbio, y no a otro, no es por sus formidables capacidades para la traslación, que también, sino porque leí en uno de sus poemarios que dividía a los hombres en tres grupos: los que tenían un tiempo interior más rápido que el exterior; los que iban más lentos que lo que les rodeaba; y los elegidos, los que eran capaces de acompasar su tiempo al tiempo de fuera. No sé qué has aprendido tú de estos días, pero mi encierro —de eso quería hablarte, por fin— me ha enseñado, no solo a viajar sin viajar, sino a transitar de un tipo de hombre a otro, igual que si fuéramos hermanos que nos cediéramos el testigo, es decir, la velocidad de las cosas\su piel. El tiempo de los otros es el tiempo que transcurre al-otro-lado-de-la-ventana: un segundo compuesto de tráfico y contaminación, de un bullicio que su propia ausencia denuncia. En esta tarde, ese tiempo se funde con la soledad marmórea de la habitación. La lentitud abraza a la lentitud. Es el tiempo en que soy capaz de hacer yoga, los deberes con los niños —ese modo de reencontrarnos en un cuaderno escolar con los rescoldos de lo que fuimos, de lo que ya no recordamos, ¿qué te pasa, papá?, 33=veintisiete, ¿seguro?— el tiempo de limpiar detrás del sofá, sobre el armario, donde nunca se hace, de habitar, en definitiva, en esa simbiosis casi perfecta que solo se quiebra a las ocho de la tarde, cuando comienza la rugiente marea de los que mueren cubiertos de llagas, de las parejas que sonríen por videoconferencia, de la joven —¡qué mirada más clara y urgente!— que observa al que la observa desde la ventana del pakistaní, del anciano en camiseta de tirantes que termina sus ejercicios respiratorios y recuerda, no exactamente con nostalgia, su piscina ahora libre de nadadores, el tiempo de las sirenas y las emergencias, el instante en que la enfermera da la mano a alguien que ha dado la mano a otro que se sentó en aquel banco de piedra caliza, y que, en un vahído, se incorpora a la respiración suspendida e invisible, al pulmón infectado, al tiempo en el que los animales se posesionan de las afueras de las ciudades y los patios de butacas de los teatros vacíos.

Tiempo.

Tiempo.

Así que era eso, mirar el tiempo simultáneo, no como lo hacía ese discípulo de Galileo —Andrea— que aseguraba que miraba, y que miraba bien, que abría los ojos y por eso podía asegurar, corroborar, decía él, que era el sol el que describía una trayectoria de este-a-oeste, y no al revés, como sostenía el maestro. Hay que cambiar la matemática que subyace al tiempo de fuera para encontrarnos y ser conscientes de que se vive, aprender, viajar, observar con atención. Usar cualquier tiempo para comulgar con la respiración de los otros. Barcelona, eso creo. Ahí afuera, aquí dentro.


Jefe de estudios del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores, donde imparte talleres de novela, relato y lectura crítica. Autor de Referencial y La quietud (Tusquets Editores) entre otros.

Comentarios

  1. Com m’ha agradat, Ignacio, aquest text sobre el temps, la idea de compassar-lo de fora endins i de dins enfora. Habitar el temps, en comptes que ens devori. Gràcies!

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