Me piden que te escriba a ti, Barcelona, aunque no sé muy bien quién eres ni a quién he de dirigir mis palabras, si a los operarios que terminan en el cielo la Sagrada Familia, si a las gentes del Raval o a las de Pedralbes y Tres Torres. No sé si debo hablar a las personas que cruzan la Diagonal en tranvía o a los pájaros que cantan en los árboles del Arco del Triunfo.

Cada vez que voy de visita a Barcelona algo ha cambiado y algo descubro: un hotelito con forma de barco y altura de castillo aquí, una torre con forma de bala y supositorio allá, o un restaurante nuevo en el Port Olímpic, aunque siempre me domina la terrible sensación, ahora tan absurdamente cómica, de que no cabe ya más gente y más turistas en las calles y en los bares.

No es que me importe mucho, porque yo siempre voy de paseo al Eixample, fascinado por esa cuadrícula perfecta, esa geometrización de la vida tan rectilínea y organizada que fascina y asusta a un tiempo, y que tal vez sea metáfora de la “nueva realidad”. Me gusta ir a esa zona porque la cadencia no cambia, esa cadencia de tranquilidad en la locura, de gusto y refinamiento, de molduras, de edificios tan bellos y tan altos que parecen reclamar el sol para sí mismos y esconderlo a los paseantes. Esas calles, con sus casas modernistas, sus sentidos de circulación paralelos y su rectitud insobornable, parecen todas iguales, una repetición constante que sería imposible aquí en este Madrid tan caótico. En Barcelona, para bien o para mal, uno se siente siempre en el sitio justo, en la mesura, en la racionalidad.

La última vez que estuve allí me fui a la calle Córcega, a pasear entre las aceras sin tiempo, en aquellos días en los que se podía escuchar los ruidos de los coches, la gente trabajando, los comercios abiertos. Al llegar al chaflán con Sicilia me senté en la terraza de un bar, a esperar a unos amigos y a tomar una mitjana, que en Madrid sería un tercio. Allí, entre todo ese ruido que añoramos cuando hemos sido privados por la fuerza de él, se hacía oír un periquito, con un canto potente y agradable. Estaba en una jaula, en el primer piso de un edificio cuyas puertas estaban formadas por dos jambas muy altas, de marrón oscuro, que parecían más propias del barrio Gótic.

Cuando llegaron mis amigos y, tras una ronda de abrazos y mitjanas, y mientras alzábamos la voz para oírnos entre el tráfico, me di cuenta de que la gente de las ciudades tenemos mucho en común y que podría estar en mi barrio de Madrid conversando de la misma manera, aunque no haya mar, ni ramblas ni chaflanes.

Hoy supongo que seguirá habiendo periquitos enjaulados en Barcelona y en Madrid, pero yo solo veo pájaros libres que vuelan y se posan en el pino de enfrente de mi casa. Quizá antes también estaban, pero no los veía. Ahora dedico las tardes a contemplarlos, escucho muchos mirlos, urracas, palomas, y apenas se percibe el ruido de algún coche. A veces pienso que no me gustaría salir del confinamiento solo para observar cómo los pájaros ocupan las ciudades y vuelan delante de mi ventana.

Por eso, cuando las palomas se posan en mi tejado y me miran me pregunto qué pensarán de nosotros, encerrados en nuestra jaula en silencio, cuando a las ocho de la tarde salimos todos a los balcones a aplaudir. Tal vez piensen que les rendimos tributo a los pájaros libres, tal vez que nos hemos vuelto locos, o simplemente creen, como nosotros, estar soñando.


Jesús Barrero Flórez nació en Asturias aunque ha vivido en diferentes lugares de España a lo largo de su vida. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra, ha estudiado también fotografía y diseño. Funcionario del estado, se alejó de la escritura hasta que retomó su pasión con varios cursos de la Escuela de Escritores, y ahora con el Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. También forma parte del consejo editorial de La Rompedora, revista del Máster de Narrativa.

Comentarios

  1. Dies que ens acosten i ens allunyen, sons i malsons i, mentrestant, els ocells més lliures que mai i nosaltres en gàbies de silenci. Gràcies pel teu text, Jesús.

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