Como quien oye llover

Juan Carlos Márquez

Pulso de nuevo el timbre del portero automático con la barra de pan bajo el brazo, pero Meritxell no me responde ni me abre. Estoy a punto de aparcar un momento mi insistencia, cuando escucho un sonido extraño, que lo mismo pudiera ser un llanto entrecortado que proceder de una emisora de radio mal sintonizada. Que no piensa abrirme, dice abruptamente con ese acento suyo de calçots en salsa romescu que no pierde. Que ha visto el vídeo por el whatsapp. Estaba en la cocina pelando las patatas para hacer la tortilla y ha visto en mi móvil el brillo del mensaje recién llegado.

Que hay que ser fill de puta, dice. Y la expresión le estalla amortiguada dentro de la boca, como una explosión provocada por un artificiero o esas mujeres obesas que resoplan enérgicamente en las películas poco antes de morir ahogadas bajo una almohada. Que qué poca vergüenza. Y no con una. Ni con dos. Ni con tres. Con cuatro. Evito hablarle de la quinta, la que grabó el vídeo. Y cada una de un raza, continúa. Pervertido. Y esnifando droga sobre las tetas operadas de esas guarres. Y cuando pronuncia guarres parece que tuviera la boca llena de barro y de piedras.

Mientras por el telefonillo continúa el chorreo de reproches y maldiciones, la vieja del segundo B aparece con las bolsas de la compra y me da las buenas tardes. Rebusca las llaves en su bolso con las manos enguantadas, pero no las encuentra. Estoy seguro de que sonríe maliciosamente bajo la mascarilla quirúrgica. ¿Quiere que la ayude?, le pregunto. Y mientras lo digo la veo dentro de un ataúd, recién maquillada, los labios rojos como un incendio en un club de carretera. Cierro la tapa de golpe, me preparo un tirito sobre el roble pulido y recién barnizado y aspiro. La vieja encuentra las llaves por fin y abre, desaparece al otro lado de la puerta, del Más Allá.

Seguimos con lo nuestro. Que no, que no me va a dejar subir a por la cartera. Me la he dejado en la encimera junto a las llaves y el móvil. Que le importa una merda dónde vaya a pasar estar noche y el resto de mis días. Que si no tengo la tarjeta y el carnet, que me foti. Y que qué vergüenza. Ella siempre dice qué vergüenza, en castellano, como su madre. Debe de ser porque vergonya suena a planta de interior. Pobre Meritxell. Nos fumábamos un cigarrillo a medias en la facultad y era ya vieja. Y ahora que, vuelve a la carga, estábamos con el tratamiento de fertilidad. Que qué le va a decir a Laia y a Dolors. Reenvíales el vídeo, amor, pienso, y que se hagan un dedo. Cuatro. Cuatro y la que grabó el vídeo: eso es fertilidad. Qué. Quequé. Quequequequé.

La dejo con la palabra en la boca y cruzo la calle. Pregunto la hora a un viejo enjuto que arrastra hercúleamente un carrito de la compra. Menos diez, las ocho, me grita. Los pájaros pían de hambre en las ramas de los árboles. Las palomas revolotean alrededor de mi barra de pan. Si el viejo estuviera muerto lo picotearían. Pienso. Lo sé hacer deprisa. En mi vida pueden distinguirse dos facetas muy diferenciadas: cuando pienso muy rápido y cierro ventas de maquinaría agrícola en ciudades de provincias a las que nunca iría si no tuviera ventas que cerrar y, después de cerrar las ventas, cuando voy a celebrarlo. Ahí ya no pienso. Solo conduzco de vuelta a Madrid. Y Meritxell me llama. Y me cuenta cómo le pondremos. Me dice cinco o seis nombres, casi siempre catalanes. Nombres para niños y nombres para niñas. Me deslumbran los nombres y las largas. Se me cansan la vista y el oído. Veo los neones. El desvío. El terciopelo rojo en las paredes. Donde hay rojo siempre hay blanco.

Dejo la barra de pan sobre un banco a merced de las palomas y los pájaros y entro de nuevo en el supermercado. Están recogiendo, barren, a punto de cerrar. Por megafonía nos invitan a darnos prisa y salir. La puerta de los almacenes queda al fondo, junto a la sección de congelados. La traspaso a la carrera y me escondo tras el stock de torres de cartones de leche: La Sagrada Familia de la leche Pascual. Pascual, yo nunca llamaría a mi hijo Pasqual. Los primeros aplausos de las ocho se hacen oír. Me acurruco en el suelo a escucharlos, con la cabeza sobre dos tetra-briks, como quien oye llover.


Es autor de Oficios, Los últimos, Resort, Tangram, Norteamérica profunda y Llenad la tierra. Dos veces finalista del Premio Setenil al mejor libro de relatos y del Premio Internacional de Narrativa Breve ‘Ribera de Duero‘.

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