Animales

Laura Organero

Echo de menos a los turistas. A todos. Tú sabes de qué te hablo.

En diciembre empezaron a reformar el piso que tenemos enfrente. V y yo estuvimos durante meses —porque la reforma duró tres meses— pensando en quién lo ocuparía. Cuando estuvo terminado, salí al balcón con los prismáticos y vi el interior, tenía el aspecto de típico piso turístico impersonal, ya sabes, colores suaves para que parezca más luminoso; y espejitos por todas partes para que parezca más grande, no sé a quién se le ocurrió lo de los espejos, solo espero que no tengan que quitarse un pelo de la barbilla mirándose en uno de ellos.

La última vez que fuimos a verte, V y yo estuvimos en un apartamento de ese tipo, estaba lleno de fotos de piedras y puestas de sol enmarcadas. V dijo que era para relajarnos y sentir que estábamos en un oasis de paz y tranquilidad en mitad de la urbe. Luego vi ese mismo eslogan en el folleto de los de la agencia de alquiler vacacional. Esos no-lugares no están pensados para crear vínculo. Ya le he dicho a V, la próxima vez que vayamos a visitarte, nos vamos a la pensión de la señora Quimeta.

La semana pasada las contraventanas del piso reformado se abrieron y volví a sacar los prismáticos. Es una pareja joven, como mi V y yo. A ella apenas la he visto, V dice que es guapa, aunque de cadera ancha, si esto sigue así, voy a tener que esconderle mis prismáticos. Al chico si lo he visto, es pelirrojo, fuma en el balcón y lanza las colillas encendidas a la calle. ¿Qué te parece? Hemos montado un comando de vigilancia y, cuando sale al balcón a fumar, nosotros también salimos a observarle, porque, como le digo a mi V: no hay nada que tenga mayor poder coercitivo que la mirada. Bueno, eso y que somos demasiado cobardes como para decirle algo a la cara. Esta tarde, en mi turno de vigilancia de cinco a siete, me llamó mi padre.

—Hola, súper-ratón, ¿qué haces?

—Nada papá, estoy espiando a los vecinos de enfrente —digo sujetando el teléfono entre el hombro y la oreja.

Le cuento el plan y enseguida me sermonea diciendo que hubiera estudiado para policía si lo que quiero es vigilar a la gente. «¿Acaso a ti te parece bien lo que está haciendo?», le he dicho. A lo que él me contesta que es probable que yo haga cosas que también molesten a mis vecinos. Entonces pienso en los ratos en los que V y yo correteamos desnudos por la casa y yo juego a perseguirle con el rodillo de amasar mientras gruño fingiendo ser La Masa. En ese instante veo al chico de enfrente en el balcón, encorvándose mientras ahueca una mano y se coloca un pitillo en los labios.

—Papá, tengo que colgar, luego hablamos.

Doy un grito a V, que está buscando alojamiento para las vacaciones de agosto —me casé con él por su optimismo— y le hago salir conmigo al balcón. El pelirrojo se ha sentido aludido, al menos lo suficiente como para meter el cuerpo dentro de casa y dejar que sea la mano quien asome, tímida, con un cigarro humeante. De vez en cuando la mano entra por la puerta del balcón y vuelve a salir junto con una bocanada de humo. Después sacude la ceniza y para terminar, chasquea los dedos hasta que la colilla vuela por los aires y cae en la acera.

«Supongo que el poder de la mirada ha tenido cierto efecto», le digo a V que me mira de soslayo. Solo que no el suficiente porque el pelirrojo piensa ahora que los brazos no le pertenecen al cuerpo ni al cerebro, por eso los deja fuera. Como los avestruces que entierran la cabeza y piensan que así nadie los ve.

Pero nosotros no somos avestruces, ¿verdad Barcelona? Nosotros somos gatos, ¿y vosotros, qué animal sois?


Nació en Madrid. Estudió Publicidad y Sociología. Ha trabajado en investigación de mercados dentro del sector editorial y en recursos humanos para la banca. Ahora cursa el Máster de Narrativa de Escuela de Escritores y también forma parte del consejo editorial de La Rompedora, revista del Máster de Narrativa.

Comentarios

  1. Qui no té feina, el gat pentina, diem per aquí… En tot cas, dedicar-se a espiar els veïns en temps de confinament no deixa de ser una distracció com qualsevol altra. Tot s’hi val, per omplir les hores. Gràcies!

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