A las cosas sin nombre

Nicole Duggan

Ay, querida. ¿Te puedo llamar así? ¿Puedo prescindir de tu nombre y del mío? ¿Invocarte como a una ventana abierta? Sí. Una ventana abierta. Aquella mujer lo hace todos los días y ni ella ni la ventana tienen nombre. Me dirás que no entiendes, que las he nombrado a las dos: una mujer y una ventana. Pero no, querida. Como todos los dedos que, día tras día, trazan mapas imaginarios sobre la mesa de la cocina, sus huellas se han desdibujado. Ya no hay código. Ya nada es lo que era. Nada tiene nombre.

Te explico. Hace semanas que observo el balcón de un primer piso por el cual ella se asoma cada día. Debajo pulsa silencioso el corazón silvestre de un jardín que une el interior de los cuerpos de cuatro edificios. Siglos de lluvia y sol han dejado un rastro sobre las paredes de estos colosos: en lo alto, grietas que atraviesan el cemento, como a un espejo roto, y desembocan en cascadas de humedad y moho que, a veces, la luz del mediodía transforma en lágrimas doradas; más abajo, en donde el sol nunca llega a tiempo, cuelgan pedazos de pintura como tela descocida, que dejan al desnudo su piel arcillosa (si una se fija bien, querida, puede encontrar la silueta de un indio bailarín con un tocado de plumas en la cabeza o la sonrisa que un agujero ha dejado en el rostro de un Tiranosaurio Rex). La soberana de este escondite es una gata tricolor con manchas alrededor de los ojos, parecidas al antifaz de trencadís amarillo que abraza los ojos del tuyo. Con el pecho reposado sobre sus dos patas delanteras, observa las figuras que habitan su pequeño dominio. A la hora de la siesta, se echa bajo alguna franja de sol y sueña con postales pasajeras: tejados que se desdoblan bajo un cielo dilatado como un cardumen de urtas en el mar; fachadas de color pastel vistas a través del filtro ambarino de una copa; un viejo árbol con una cabellera envidiable que acusan injustamente de calvo; arterias de asfalto y venas de adoquín y pies, tantos pies pudorosos y paseantes… recuerdos de otras vidas. Y mientras duerme, bajo su panza, la primavera, recién levantada de la cama, con los pelos verdes despeinados, estira los brazos y suelta una serie de bostezos inaudibles, pero perceptibles en el meneo sincronizado de las plantas. Me gustaría nombrártelas, poder comparar con las que te han dejado por ahí y quizás enviarnos algún esqueje. Imposible. Aquí pocos la miran y nadie la interrumpe, por eso se ha tomado muy en serio eso de la licencia poética: todo es otra cosa, querida; otra cosa verde, quizás, sin nombre ni apellido.

Nada de esto le interesa a la mujer del balcón. Ella sale de su escondite, prende un cigarrillo e inclina la cabeza hacia atrás en busca de esa última ventana que, un lunes o quizás un viernes, alguien —otro sin nombre— abrió, y que, desde entonces, como un ojo insomne, no se ha cerrado. Sus ojos encandilados vigilan la apertura, bajo el cuadrado de cielo cálido, como si esta fuera la vidriera de un faro invertido; como si una tuviera que trepar la torre, atravesar el marco de madera y correr la cortina de sombras diurnas para pisar tierra; para llegar a casa… A casa, querida. Casa no es un nombre, no. Casa, nuestra casa, es todo lo que no tiene nombre. Lo que nombramos con la esperanza de acercarnos a ese no-sé-que que nos hace sentir, a esa palabra en la punta de la lengua que nunca es la exacta, la correcta, porque no existe. Si existiera no habría que decodificar el sueño de un gato que cree que el mundo es un jardín entre cuatro paredes ni intentaríamos atrapar el bostezo fresco de la primavera. No existiría aquello que, en la soledad de su encuentro, comparten una mujer y una ventana abierta. Y es eso, querida, lo que te quiero decir. Nosotras, como ellas, tenemos la panza llena de aire; estamos empachadas del vacío que dejaron las cosas sin nombre. Ojalá que vuelvan pronto.

Siempre tuya,

La Gata


De padres argentinos, nació en São Paulo y se crió en la Ciudad de México y en Miami. Estudió Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad de Massachusetts Amherst. Es redactora y traductora freelance. Sus relatos aparecen en Miami (Un)plugged: Ensayos y crónicas personales de una ciudad multicultural (Suburbano Ediciones, 2019) y Don´t Cry for Me, America: Antología de escritores argentinos en Estados Unidos (Ars Communis, 2020). Es alumna del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores y forma parte del consejo editorial de La Rompedora, revista del Máster de Narrativa.

Comentarios

  1. M’ha semblat un text preciós per parlar del buit que deixen les coses sense nom… Tant de bo aviat puguem omplir-lo, aquest buit, de significants que s’ajustin com l’anell al dit als significats que ens són companys. Bon dia a tothom!

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