Haz por dormir

Olga Merino

Extraño tus ojillos cargados de malicia. Añoro quedarme encamada contigo hasta el mediodía, hasta que la luz dura irrumpa en el cuarto, en nuestra cama furtiva, y nos dibuje jeroglíficos egipcios en las pantorrillas. Echo de menos bajar en tromba las escaleras del hotelito que reservamos cuando voy a verte, los dos, como los niños que ya no somos, abrazados por la cintura, arrancando cosquillas a los peldaños de madera encerada, besándonos por los rellanos que huelen a toallas limpias.

Pero tengo miedo, amor. Los más de los días tengo miedo de que la vida se nos desmigaje en la distancia. A veces reúno el coraje suficiente para repetirme que las nubes de verano suelen descargar pronto y que también esto pasará. Una mala racha. ¿A nosotros, una mala racha? Ja. No saben con qué hueso duro han topado. ¿Te acuerdas del “no pasarán”? Dime, ratón mío, ¿te acuerdas? No hay en el mundo dos amantes como nosotros, feroces, bruscos, de los que se tumban en el suelo, de cualquier manera. Tampoco hubo nunca revolución posible sin nuestra concurrencia.

Sé que a ti también te mortifica mi ausencia, que estás melancólico y hacia dentro, como un campo de cebada en noviembre. Sólo atino a pedirte que me esperes, como tantas otras veces. Tú, Madrid mío, eres Galdós, un poco bohemio y socarrón, desaliñado a veces, vocinglero, y de mí, Barcelona, dicen que me parezco bastante a tu doña Emilia, una señorona envuelta en tules, con gustos de casa grande, distante a veces y algo envarada. Eso dicen pero qué sabrán ellos. Si nos vieran por la bocallave… Soy tu ‘gran encisera’. Súbeme las enaguas, que las llevo almidonadas, blancas de espuma, y yo te susurraré mentiras al oído. Pasarán más de mil años, muchos más… ¿Cuánto tiempo hace que somos amantes? Préstame tus gafas de cerca para leerte la piel. Mójame en tu acento. Vayamos a almorzar, que el amor da hambre. Gallinejas en papel, calamares. Llévame a comer fino, a ponerles corbata blanca a los bollos de tahona. Papas con mojo picón. Un cocido con atributos. Perdices escabechadas hasta dejarles los huesecillos brillantes de tan roídos, como sabemos hacer nosotros con la vida. Hasta las raspas. Salgamos a caminar después por la Cava Baja de San Miguel, arrastrando la risa y un murmullo de conversaciones ajenas. Andemos hasta que nos duelan las corvas, desde la Puerta de Toledo hasta el parque del Retiro, y respírame bajo la sombra de los castaños de Indias mientras yo les cuento cuentos chinos a los mirlos.

Echo en falta el deseador azul de tu cielo. Hasta entonces, hasta el día que vuelva a verte, tengo miedo. Qué noches tan largas. Sé que tú también me ‘insomnias’, pero aguarda. ¿Cuántas veces hemos resistido ya? Haz por dormir, amor, y no fumes mucho.


Olga Merino (Barcelona, 1965). Licenciada en Ciencias de la Información y máster en Latin American Studies. Ha vivido en Londres y en Moscú. Autora de las novelas Cenizas Rojas , Espuelas de papel, Perros que ladran en el sótanoLa forastera (Alfaguara, 2020). Traducida al italiano, neerlandés e inglés. En 2006, obtuvo el X Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos por el cuento Las normas son las normas. Actualmente, es profesora en la Escola d’Escriptura del Ateneu Barcelonès y columnista de El Periódico. Foto: ©Marta Calvo.

Comentarios

  1. Quina preciositat de text, Olga. Quina carta d’amor tan meravellosa. Un plaer llegir-te, assaborir els teus mots «hasta las raspas». Qui dorm molt mal passa, però escrits com aquests et fan obrir els ulls, de tanta bellesa que contenen.

  2. Maquíssim, Olga! Extraordinària carta d’aquests dos amants encoberts i descoberts, a l’espera del «deseador azul de tu cielo». Una festa de la paraula.

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