Querida hermana

Roberto Osa

Querida hermana:

Siento haber tardado tantos meses en contestarte. Espero que tus bichejos ya estén bien, o al menos que hayan parado de destrozarte las calles, romperte los cristales, quemarte los coches… Hay que ver la de tonterías que hacen los unos y los otros envueltos en sus trapos nacionales. Entiendo cómo te sientes. Aquí tuve yo también, hace muchos años, un destrozo grande que me hicieron a base de tiros, incendios y cañonazos, los franceses por un lado, mis bichejos por otro. Supongo que lo tuyo no es tan grave; a mí me dejaron hecha una ruina, sin una piedra encima de otra, apestada por el tufo del plomo dentro de los cuerpos. Cómo lo odio, hermana, tú lo sabes bien.

Desde luego, si los bichejos quieren matarnos, estamos siendo resistentes, ¿no te parece? Nuestra muerte está siendo lenta; los que nos habitan son sádicos, egoístas, y tienen muy mala leche. Sé que soy una pesada, pero desde que me fundaran aquellos árabes hace ya tantos siglos, no ha faltado nunca quien me diera la lata.

Una de las cosas que me molestó más fue cuando se empeñaron en perforarme las entrañas, todo para meter bajo tierra esos cacharros en los que se apretujan cada mañana para ir a trabajar. Sé que a ti te hicieron lo mismo. Es difícil perdonarlos, ¿verdad? Si hasta una vez me cubrieron de sacos a la Cibeles, ¡mi pobre Cibeles!, cuando aquellos bárbaros se pusieron a lanzar bolas de fuego sobre mis calles y sobre las casas de mis bichejos, que ni el Prado me respetaron, los muy canallas.

Acuérdate de cuando reventaron mi Atocha y mi Vallecas, y fueron unos bichejos que hablaban la lengua de los que me fundaron, tenían incluso la piel como ellos. Me llenaron una vez más de fuego y muertos. Muchos muertos, hermana. Sigo sin entenderlo.

Mira que me las han liado de todos los colores, y siempre los acabo perdonando a estos bichejos, ¿qué no perdonará una madre? Los quiero. Viven en mí.

Por eso estoy tan preocupada por ellos, no sabes lo raros que están; han desbordado los hospitales, y las morgues no dan abasto a recibir cuerpos. De pronto se metieron en sus casas y casi no salen. Las pocas veces que los veo al aire, me pisan con recelo, como si la tierra se fuera a quebrar bajo sus pies, y llevan la boca y las manos tapadas, que da pena verlos.

Ahora creo que me temen, si vieras esos ojos de perrito asustado lo entenderías.

Estoy hecha un lío, hermana; yo estoy más guapa que nunca, me han dado un respiro y hasta la nube negra que me cubría por fin desapareció. Tengo ganas de que salgan, que brinquen sobre mí y me disfruten, pero sé que les doy miedo. Deben de creer que la que los está matando soy yo, ¡qué horror si piensan eso de una madre!

O a lo mejor este nuevo florecer mío les molesta, ya no sé qué pensar.

Ojalá tus bichejos estén mejor que los míos, querida hermana.

Posdata: Tengo aquí cartas de Frankfurt, de Roma, de Venecia, y no me atrevo a abrirlas, la verdad. Hace unos días, reuní valor y abrí la carta de Lisboa. Está como yo, los bichejos se le han escondido en las casas, pero al menos a ella no se le mueren. Aunque ya la conoces, siempre haciéndose la víctima, siempre tan melancólica. ¡Te juro que no la aguanto!


Novelista, dramaturgo y realizador de televisión. Autor de la novela Morderás el polvo (Fundación JM Lara, 2017), Finalista del Premio Nadal 2017 y Ganadora del XXXVI Premio Felipe Trigo de Novela. Su obra dramática Correspondencia ha ganado el Premio Ciudad de Málaga de Teatro 2019.

Comentarios

  1. Pensaments de Madrid adreçats a Barcelona mentre les bestioles de l’una i l’altra banda fan el que poden… Que suau i dolç sona «bestiola» al costat de «bichejo». Bon dia i bona setmana a tothom!

  2. A nuestros hijos les perdonamos casi todo. Te entiendo. Aquí arrasaron maravillas unas bombas y parece que cada 50 años se aconsejó repetirlo. No te enfades con Lisboa, que ha hecho un buen trabajo. Mejor la invitamos y que nos cuente.

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