Menos mal

Rosario López

Querida Barcelona, son las 14:17. Me siento en esta parte de la ventana donde da el sol para comer. Es el salón al que me reduzco ahora. Con vistas al patio de luces: las mismas toallas; la camiseta negra con el muñeco del semáforo. Me aprendo cómo tiende el vecino, sus maneras, despacio, la vida ahora. Hay rituales sagrados. Eso nos salva. Se pone una ropa especial para tender, y tiende con mimo mientras pincho las berenjenas. El sol me da en la cara y me relamo. Él no me ve, menos mal. Se mete dentro, de su casa, que, seguro, tiene mucho también de esta. Me acuerdo de aquella frase de la luz y el defecto único: no disfrutarla, y eso pienso hasta más tarde, hermana mía.

Luego, a las seis, según cuando mire, da el sol en la ventana de la calle, desde la que aplaudo y empieza a pasar la niña y ya no tengo el efecto del café que me mantuvo despierta después del almuerzo. Sí, el calor, aunque depende. El sol hoy está que no las tiene todas consigo: aprieta, se reduce. Está, pero no está del todo. Quizá es cosa de la Tierra. Nunca es cuestión de uno solo lo que resulta o no resulta. ¿Cómo estaremos girando hoy?

Ayer pasó la niña, vestida de rojo amapola. Caminaba lento, a la hora del aplauso. Seguro que pregunta todo y por qué y si las hermanas son las que tienen los mismos gustos, como tú y como yo. Mi apertura… es tuya. Tu Madrid. ¿Cómo decirlo? Que soy tu ciudad abierta que se queda con todo lo bueno que le gusta de los que vienen. Tú, cuando vienes. Yo, encantada. Y me llamas monstruo amigable, porque soy grande pero tierna. No salí de tu mar, o sí, quizá Mamá lo sepa y nos responda.

En la ventana que ahora tengo, en la que tengo después, en el salón y en el mirar a la calle, en el aplauso, en la niña que pasó y aún pasa y me recuerda que hay primavera, que es la primavera que camina, trato de encontrarme. Se hace difícil a veces. Reír sola es menos reír. Conversar no es conversar, sola. Luego ya todo lo demás. Tú sabes.

No sé si también te pasa a ti, que de repente a las 19:48 te preguntas ¿pero esto fue esta mañana o el sábado? Luego aplaudes y se te pasa, o sea, no pasa nada. Solo la niña. Mamá. La Tierra girando. Puede que dé igual esto del tiempo. Puede que tú y yo conservemos lo eterno dentro de nosotras. El miedo mayor es tener miedo a acoger de nuevo otra vez, hermana. Claro que me lo tomaré como un miedo nuevo y entonces será un miedo con suspense. Ese miedo es llevable, ¿no?

El otro día, no te digo lo que soñé. Bueno, venga, te lo digo, aunque Mamá se entere. Resulta que al acabar la cuarentena teníamos que correr una maratón. Sin entrenar ni nada. Nos salvábamos unos cuantos y entre los que nos salvábamos había uno que se quería colar en el bar, el nuestro. ¿Seguirá vivo? En mi sueño sí. Yo creo que hay cosas que no cambiarán: tú con tu mar; yo sin mi mar.

Si acaso cambiará la niña, la de rojo amapola y mirada aquí arriba, que buscará palabras y comprenderá y no comprenderá. Mamá le dirá que aligere, que no hay tiempo, que lleva las bolsas de la compra y pesan. Ella querrá bailar, ir lentamente, que sigamos aplaudiéndola, con su color. ¿Tú crees que es antes el acto o el efecto? Por si acaso, yo te mando esta carta, porque nos hemos visto tan poco y tan mal últimamente. Que se vaya haciendo, encontrarnos. Vendrás, pasearemos por el Retiro, volverás a decir que mi parque es ciudad en pequeñito. La biblioteca está cerrada. Cuando abran, después de abrir, quiero decir, iremos al mar, que es el primero, ¿no? Donde tú naces. Lo más difícil, hermana mía, es no saber qué fue verdad. Menos mal que tú y yo escribimos.


Rosario López es escritora, periodista, editora y profesora de español y escritura. Imparte clases en la Escuela de Escritores de Madrid. Autora de Los besos secos (Bala Perdida Editorial, 2020).

Comentarios

  1. «Lo más difícil, hermana mía, es no saber qué fue verdad. Menos mal que tú y yo escribimos». De germana a germana, un text que arriba al cor i al pensament. Gràcies, Rosario, per acompanyar, amb paraules i amb sol, aquest confinament de tots, i de cadascú.

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