Bueno, pues aquí estoy otra vez, escribiéndote desde ese rincón tan mío que te enseñé. ¿Lo recuerdas? Dijiste que te entraban ganas de construir una casa igual, incluso levantar una montaña idéntica y plantar los mismos árboles, allí, en tu parcela, con tal de tener un sitio tan bonito tú también, con el sillón, la cristalera, las vistas, la mesita con los libros… Yo propuse ayudarte y nos reímos ante nuestra estupidez. Si lo pienso largo y tendido —es decir, durante más de diez segundos—, creo que la cualidad que más compartimos, entre tantas otras, es esa: ser estúpidos, a la manera inteligente, refinada. Sé, en el fondo de mi corazón, que tú también te ríes a carcajadas cuando cae una cagada de paloma encima de algún desprevenido, pero que eres más que eso, que tú tampoco te quedas solo ahí. Tú también imaginas —reconócemelo— a la paloma apuntando al sombrero de esa mujer tan solemne que camina con parsimonia por Las Ramblas. Si fuésemos más allá, llegaríamos en seguida a la idea de un ejército de palomas, patrullando los cielos de las ciudades en busca de engreídos necesitados de redención. ¡Ya me estoy yendo por las nubes! Es un defecto congénito, perdónamelo con una sonrisa, si us plau. Es como ese hombre gordo que nos encontramos cuando íbamos borrachos y risueños por las calles de la ciudad —no recuerdo cuál de las dos era, es igual—, ese que hipaba con estruendo. Era como un ¡IIIIIEEEEP!, ¿recuerdas? Nos pidió a gritos, de forma efusiva, demasiado intensa, que le diésemos un susto. No nos lo pedía, nos lo imploraba, dios santo. Cada vez que soltaba otro de sus ¡IIIIIIIEEEEEEOOOP! se tronchaba de risa, el pobre desgraciado, como poseído por una maldición. Para librarnos de él, yo le distraje con mi distinguida oratoria —que siempre es sublime cuando voy ebrio, tengo la impresión— y mientras tú le asaltaste por la espalda, haciendo gala de esa agilidad felina que tienes. Le quitamos el hipo de golpe, a ese hombre maldito, ¡y qué triste se quedó, sentado sobre el bordillo, cabizbajo, ya sin reírse de nada! Te aseguro que deseo, con toda mi alma, que nadie te quite el hipo a ti nunca.

En cuanto pase todo esto, iré a verte. Esperaré a que transcurra el verano, eso sí, porque cuando hace calor Barcelona huele demasiado intenso como para que mi atolondrado olfato madrileño pueda soportarlo. Pero en otoño me planto allí a beber absenta como un bohemio autóctono más, palabra. ¡Ay, el encierro! ¿A ti también te han entrado ganas de quemar, de una vez y para siempre, todos los juegos de mesa? Les seguirían los periódicos, que desde hace dos semanas ya no me producen más que urticaria y alguna que otra úlcera. Supongo que es por no variar en la dieta. Pero estoy preocupado, de veras, quiero saber cómo estás. Escríbeme unos cuantos chistes, para enseñarme que no has perdido la sonrisa; hazlo en catalán, incluso, si te da por ahí. Mira, para marcar tendencia, empezaré yo: Un madrileño le escribe a un catalán unas frases cargadas de cariño, y este, conmovido, le responde en una larga y emotiva carta. El madrileño se ríe al leerla. Un amigo suyo le pregunta de qué se ríe, a lo que responde: “¡El maldito vago ha dejado todas las palabras a medias!”. Eso, para alguien como yo, es una declaración de amor, un te echo de menos, pero no sé por qué te lo digo, si tú eso ya lo sabes bien.

Hace poco pensé en lo tristes que estaríais tú y tus amigos, sin poder tener contacto directo, sin poder subiros los unos encima de los otros, amontonándoos en colosales pirámides humanas. A mí me encanta veros, sin afán ni voluntad de participar en semejante quebrantahuesos. ¡Qué ganas de visitarte me han entrado recordando vuestras peculiares locuras! No te puedes hacer una idea de lo solos que nos sentimos en medio de la península, rodeados de provincias y comunidades, y sin poder ni siquiera pasar un mísero domingo yendo a molestarles. Es atroz.

Espero que pronto nos entre el hipo de nuevo,

el hombre que sonríe a la montaña a través de su cristalera.


Nacido en Berlín en 1998, pero criado en la Sierra de Madrid, Simón Botana Meyerdierks lleva escribiendo desde muy joven cuentos y pequeños ensayos. Es alumno de Escuela de Escritores.

Comentarios

  1. Potser sí que tornarem a riure pels descosits algun dia no gaire llunyà, més encara després que hagi passat tot això, quan el nostre punt de voladura haurà atès límits insospitats. Bona tarda!

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