El otro cielo

Albert Lladó

Estos ojos no te pertenecen, ¿a dónde los llevaste?

No hay un manual de instrucciones para bajar los veintiocho peldaños de esta escalera. Somos pocos los vecinos que aún vivimos aquí, en el pasaje de las Manufacturas. Aunque hace tiempo que trabajo en la Bolsa de Barcelona, vivo con mi madre. Ella conoce perfectamente la clandestinidad de mis paseos nocturnos. El protocolo siempre es el mismo. Voy un momento a tirar la basura, enseguida vuelvo. Uno acaba regresando al hogar que le ha visto partir con guantes de látex y mascarilla. Por supuesto, no le dirá nada a Irma, mi novia, que aguanta la cuarentena para casarnos después de este callejón de cuarenta noches, e incontables días.

Deambulo tras superar el olor a canela con el que gentrifican el café, mezclado, a su vez, con el perfume de la lejía —falsamente cítrica— que emana del hotel cerrado de la esquina. Es este lugar una osmosis, una membrana que, en una ciudad vacía, conecta las huellas del mundo artesanal con las cicatrices de la burguesía. Un neón, apagado, y que desciframos únicamente gracias a la luz naranja de esta noche, nos recomienda en inglés que comamos mejor, que vivamos más. Que seamos más felices. El tubo, alfabético y desahuciado, se transforma en una advertencia sobre la fragilidad del lenguaje.

No llevo pasaporte para desplazarme de un lugar a otro, del Born al Eixample, persiguiendo la deriva mitológica, y emerger, finalmente, en el pasaje de Murga de Madrid. Allí, cada crepúsculo del indescifrable siglo, me espera Josiane en su bohardilla. Su piel de petróleo es una geografía indómita, llena de volcanes inesperados, de un incendio (todos los fuegos el fuego) que arde en este invierno interminable. La nuez que se anuncia en su cuello —decisiva, irrebatible— es nuestro balcón de resistencia.

Regresaré cada noche al propio anonimato, camuflado entre las aristas del deseo, cuando convenza a mi madre de que debo caminar un poco más (tan sólo un poco más) para llegar a los contenedores del reciclaje. ¿No es también la memoria —de una ciudad espontánea, del negro de un color, de la acidez del vaho— una forma de reciclar los anhelos confinados tras las rejas de lo cotidiano?

¿A dónde fueron, los quemadores de gas?  ¿Qué ha sido de los vendedores de amor?

Ahora, sin embargo, Josiane tiembla. Tiembla escondida bajo su abrigo castaño, dilatado, inabarcable. Resuenan los tambores de guerra en las dos ciudades, que amanecen con las manos arriba. Apenas recorre ya el pasaje del Comercio —su otro nombre— con los letreros del Compro Oro, del bazar, de los tatuajes a ochenta euros, de la tienda con algunos libros de viejo. Llueve con fuerza contra este suelo de espejo mientras los periódicos insisten en que anda suelta una criatura, invisible, que trata de estrangular a sus víctimas. Tantos años dibujando monstruos, con dos cabezas y cinco pateras, para que hoy sea lo etéreo quien cause el mayor de los crímenes, el gran terror que se le ha metido tan adentro a Josiane.

Acaso mezclo dos momentos de una misma temporada, y en realidad poco importa. Lo que es una herida abierta es esta incertidumbre del cuerpo. El instante en el que llego, con los guantes y la máscara, con el látex y el pañuelo, e imagino el vetusto Café Pasaje, con todo ese humo níveo, con el vino blanco de la madrugada, y los poemas que naufragan en un mantel usado. Es la protuberancia de Josiane, su manzana de Adán, la que ahora se mueve de un lado hacia otro por el pánico acumulado, dando las horas al barrio, siendo una campana de carne trémula. Cruzo las noches y los días, de Murga a Manufacturas, de las galerías a los pasajes, hasta subir, sin un manual de instrucciones, los veintiocho peldaños que me separan de mi madre. Ha llamado Irma, me dice. Le han asegurado que el lunes abre la Bolsa. Me pregunta cuándo irás a verla.

—Cuando llegue el verano. Ya falta menos.

Camino todavía por la patria de las travesías, por su íntimo cautiverio. Escucho, con la garganta cada vez más abotagada, la música de la noche más larga. Oigo su esquila de ébano. Por quién doblarán, mañana, todas estas campanas.


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Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de La travesía de las anguilas (Galaxia Gutenberg, 2020) y La mirada lúcida (Anagrama, 2019). Es profesor de la Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès.

Comentarios

  1. Incerts, els cossos. Fràgils, les paraules. I, tanmateix, quin plaer que la teva prosa, Albert, ens acompanyi en aquest hivern inacabable.

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